27/05/1973 Pensamientos Iniciales

He reflexionado largo rato sobre dos aforismos que en su contenido y la intención subyacente se completan, y de los cuales uno trata de las “pretensiones filosóficas” de la ciencia, en tanto que el otro relega la psicología y la sociología a los confines del alma y de la sociedad.
En efecto, como en el siglo pasado los representantes de las ciencias naturales, un Virchow, o un Du Bois Reymond por ejemplo, hoy día son los psicólogos y los sociólogos los que más prósperos se muestran a trascender los límites de sus disciplinas, a psicologizar, urbem et orbem, o a reducir no importa qué fenómeno del mundo espiritual a su “infraestructura” socioeconómica.
Cabe preguntar si la ciencia hubiera podido meter las narices en lo que no le incumbe de no haber abdicado primero la filosofía misma de su sagrado derecho de constituir el fundamento y principio unitivo de las ciencias al tornarse, con el positivismo, el empirio-criticismo de Mach, el pragmatismo anglosajón, en una ciencia entre otras. O por parafrasear a Marx: Das Elend der Philosophie beginnt in dem Moment, wo sie zur Philosophie des Elends wird (1).
También se podrían señalar algunas grandes excepciones de la regla establecida por NGD: A Scheler que, sin dejar de ser filósofo en la acepción más elevada y universal del término, explora en la sociología del saber la tierra limítrofe de lo que podríamos llamar el condicionamiento social del filósofo y así ejerce la función de epistemólogo tan justamente reivindicada por NGD; a un Simmel y a un Max Weber que tenían ambos madera para ser filósofos, pero se abstuvieron de hacer filosofía (buena o mala) y por ello ya no habitan en la “periferia” sino en el propio centro de su ciencia; a C. G. Jung, finalmente, que con inigualable honradez intelectual establece lo que la psicología puede – y lo que en ninguna circunstancia ha de querer saber.
Hechas estas salvedades, no puedo menos de felicitar al autor por su empeño en poner a cierta ciencia, cierta sociología y cierta psicología en su sitio, en responder a la insolencia de los usurpadores con un insolente “zapatero a tus zapatos”.
Hasta me pregunto si la insolencia que algunos – los resentidos sobre todo – creerían hallar en los “Escolios” si disfrutaran del raro privilegio de leerlos, antes bien que un rasgo de la personalidad del autor (a quien le he notado sólo la sencillez y la afabilidad del hombre bien nacido) no es un método intencionalmente aplicado con el saludable propósito de desconcertar. Tan embotadas, en efecto, están las mentes de nuestros contemporáneos, que se necesita una especie de “electrochoque” para sacarlos de su autosuficiencia e inculcarles la convicción de su indecible miseria espiritual.
Y si no es un método, es por lo menos una sana manera de reaccionar conforme al lema “Á corsaire corsaire et demi”(2) (Los “Escolios” entre otras cosas le proporcionan al lector el estético placer de presenciar el espectáculo de “un beau sabreur”(3) – quiera Dios que, en vez de pigmeos, encuentre al adversario digno de sus geniales estocadas (como Chesterton lo encontró en Shaw).

(1) Puede traducirse libremente como “La miseria de la filosofía comienza en el momento en que se convierte en la filosofía de la miseria”.

(2) De nuevo, traducimos libremente como “Al Corsario, corsario y medio”.

(3) La traducción literal al español no recoge bien su significado, que libremente podríamos aproximar como “primer espada” o también, a partir de su traducción al inglés, como “guerrero galante”.

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